Sicilia, Italia
Sicilia con amigos: 7 días entre Palermo, el Etna y Siracusa
Itinerario de 7 días por Sicilia con amigos: comida de mercado en Palermo, vino del Etna en Taormina y los templos griegos de Siracusa, en coche y con precios.
Llevábamos años diciendo lo de "el año que viene, Sicilia" en cada cena de Nochevieja, hasta que por fin encontramos una semana de septiembre en la que los cuatro —Rubén, Elena, Dani y yo— teníamos vacaciones libres a la vez. Somos amigos desde el instituto, lo cual después de quince años de viajes juntos significa que ya nos conocemos las manías: Rubén necesita un plan con horarios, aunque luego lo salte entero; Elena es incapaz de pasar por delante de un mercado sin entrar; y Dani, que carga con la cámara a todas partes, siempre es el último en salir del hotel porque está retocando la foto de la noche anterior.
Montamos el esqueleto del viaje con la ayuda de tuPetate —vuelos, el alquiler de coche y los alojamientos de las tres paradas quedaron resueltos en una tarde— y dejamos el resto abierto para improvisar sobre el terreno, que es como mejor nos funciona en grupo. La ruta que elegimos fue sencilla sobre el papel: Palermo para empezar, con su mercado y su caos agradable; la zona de Taormina y el Etna para el punto medio, entre vino volcánico y vistas al Jónico; y Siracusa para cerrar, con los templos griegos y el casco antiguo de Ortigia asomado al mar.
Lo que sigue es ese itinerario, día a día, con lo que comimos, lo que nos sorprendió y lo que pagamos. Sicilia en septiembre es la isla todavía caliente, con las playas sin las multitudes de agosto y la vendimia recién empezada en las laderas del volcán — el mejor momento que hemos encontrado para ir con amigos y sin prisa.
Día 1 — Palermo: el Capo, los arancini y el caos que enamora
Aterrizamos en el aeropuerto Falcone-Borsellino a media mañana y, tras recoger el coche de alquiler que nos acompañaría toda la semana, dejamos el equipaje en el apartamento que habíamos reservado cerca del Teatro Massimo —un piso con dos habitaciones dobles, balcón y aire acondicionado, clave en septiembre— y salimos a perdernos sin ningún plan, cosa rara para Rubén, que llevaba la ruta del mercado del Capo marcada en el móvil desde antes de salir de Zaragoza.
El mercado del Capo es Palermo en estado puro: pescaderos gritando el precio del pescado, puestos de fruta apilada en pirámides perfectas, y ese olor que mezcla limón, pescado frito y especias que se te queda en la memoria más que en la ropa. Comimos de pie, como se hace allí: arancini recién fritos (la bola de arroz rellena de ragú o de mantequilla y jamón, crujiente por fuera), panelle (unas tortitas de harina de garbanzo fritas, sencillas y adictivas) y, porque Elena insistió, pani ca meusa — el bocadillo de bazo de ternera que en Palermo es toda una institución y que, para sorpresa de los más escépticos del grupo, no estaba nada mal.
Por la tarde, con el calor ya bajando, subimos a la Cattedrale di Palermo, con esa mezcla de estilos árabe-normandos que resume la historia entera de la isla, y paseamos hasta los Quattro Canti, el cruce barroco que marca el centro exacto del casco antiguo. Cenamos tarde, como manda la costumbre siciliana, en una trattoria de la Vucciria —el otro mercado de Palermo, este ya más noche de bares que de puestos de día— con pasta con le sarde (pasta con sardinas, hinojo salvaje, pasas y piñones, el plato que mejor resume la cocina siciliana: dulce, salado y del mar a la vez) y un vino blanco de la zona del Etna que ninguno conocíamos y que se convirtió en la referencia del resto del viaje.
Día 2 — Monreale y la Palermo más tranquila
El segundo día lo dedicamos a Monreale, un pueblo a unos veinte minutos en coche desde el centro de Palermo, subiendo por la montaña. El motivo de ir es el Duomo, cuyo interior está cubierto casi por completo de mosaicos bizantinos dorados del siglo XII — Cristo Pantocrátor en el ábside, escenas del Antiguo Testamento en las naves, todo en un oro que cuando entra el sol de la mañana por los ventanales parece iluminarse solo. Dani se quedó allí dentro más tiempo que el resto intentando capturar la luz sin flash, y por una vez nadie le metió prisa.
Desde la terraza del claustro del monasterio contiguo, la vista sobre la Conca d'Oro —el valle de huertos de cítricos que rodea Palermo— merece la subida por sí sola. Bajamos a comer en el propio pueblo, en una terraza pequeña con pasta alla norma (con berenjena frita, tomate y ricotta salada, otro clásico siciliano) y volvimos a Palermo a media tarde.
La tarde la dejamos para la Palermo menos turística: el barrio de la Kalsa, con sus iglesias barrocas y sus plazas con niños jugando al fútbol entre las fachadas descascarilladas, y los Giardini Garibaldi, donde nos sentamos a descansar los pies bajo un ficus centenario de raíces descomunales. Cenamos en una terraza frente al mar en la zona del Foro Italico, viendo cómo el sol se metía detrás del puerto, con un plato de pesce spada a la griglia (pez espada a la parrilla) que Elena declaró el mejor del viaje — afirmación que, como descubriríamos, duraría exactamente hasta Siracusa.
Día 3 — Cefalú y la carretera hacia el Etna
Dejamos Palermo por la mañana con parada en Cefalú, un pueblo costero a poco menos de una hora en coche, antes de poner rumbo definitivo hacia el este. Cefalú tiene esa combinación que no falla: un peñón enorme (la Rocca) que cae sobre el pueblo, una catedral normanda del siglo XII en lo alto de una escalinata, y una playa de arena fina justo debajo del casco antiguo donde nos dimos el primer baño serio del viaje. En septiembre el agua del Tirreno todavía está cálida y la playa, sin la masificación de julio y agosto, se disfruta de otra manera.
Comimos rápido y ligero en un chiringuito del paseo marítimo — pasta fredda (pasta fría con tomate, albahaca y mozzarella, perfecta para el calor del mediodía) — y retomamos la autopista hacia el este. El trayecto completo hasta la zona de Taormina son unas tres horas de coche, con la costa norte de Sicilia a un lado casi todo el camino y, pasado Messina, las primeras vistas del Etna asomando al fondo, con su penacho de humo blanco recortado contra el cielo.
Llegamos a última hora de la tarde a un bed & breakfast en Giardini Naxos, el pueblo de playa justo debajo de Taormina, con terraza y vistas al golfo. Cenamos cerca del alojamiento, sin ganas de más carretera, con un plato de pesce alla ghiotta (pescado del día guisado con tomate, aceitunas y alcaparras) mientras Rubén revisaba en el móvil la ruta de subida al Etna del día siguiente, que llevaba preparando desde antes de salir de España.
Día 4 — El Etna: lava, vino y el pueblo colgado sobre el mar
Dedicamos la mañana entera al Etna. Desde Giardini Naxos son poco más de cuarenta minutos en coche hasta el Rifugio Sapienza, en la ladera sur del volcán, donde arranca la zona de acceso más sencilla para quien no quiere hacer una expedición completa a la cima. Contratamos una excursión guiada de media jornada por los cráteres Silvestri — un paisaje lunar de lava solidificada, cráteres apagados que se pueden rodear a pie y, si el volcán está en un día tranquilo, vistas hasta la costa jónica desde los puntos más altos accesibles sin equipo técnico. El guía nos explicó que el Etna es uno de los volcanes más activos de Europa y que la actividad cambia constantemente: conviene comprobar siempre el estado de acceso a las zonas altas antes de subir, porque según la actividad del momento algunos tramos se cierran por seguridad.
A mediodía bajamos hasta una bodega de la Contrada di Milo, en la ladera norte-este, para comer y catar los vinos del Etna — uno de los secretos mejor guardados de la enología italiana, con viñedos plantados sobre suelo volcánico a más de setecientos metros de altitud que dan vinos tintos de Nerello Mascalese con una mineralidad muy particular. Elena, que se declara aficionada al vino desde que trabajó una vendimia en Rioja, se llevó dos botellas en la maleta sin que nadie se lo discutiera.
Por la tarde subimos a Taormina, el pueblo que corona un acantilado sobre el mar Jónico y que es, sin exagerar, de los más bonitos de Sicilia. Paseamos por el Corso Umberto, la calle principal peatonal llena de tiendas y terrazas, y llegamos al Teatro Greco-Romano justo antes del cierre de la tarde: un anfiteatro del siglo III a.C. con el Etna de fondo a un lado y el golfo de Taormina al otro, una de esas vistas que ningún objetivo gran angular consigue meter entera en el encuadre, por mucho que Dani lo intentara. Cenamos en una terraza del casco antiguo con pasta alla Norma otra vez —ninguno se cansó— y un postre de cannoli relleno al momento que cerró el día por derecho propio.
Día 5 — Isola Bella y la costa jónica antes de bajar al sur
La última mañana en la zona de Taormina la dedicamos a Isola Bella, el islote unido a la playa por una lengua de arena y guijarros que queda justo debajo del pueblo. Bajamos temprano, antes de que el sol apretara del todo, y nos bañamos en una cala de agua transparente rodeada de vegetación mediterránea, con Taormina asomando en lo alto del acantilado. Es un tramo de costa protegido como reserva natural, así que el acceso a pie desde el pueblo y la bajada por la escalera tallada en la roca son parte de la experiencia.
Comimos temprano en Giardini Naxos antes de devolver la ruta por carretera hacia el sur: desde la zona de Taormina hasta Siracusa son algo más de dos horas de coche, bajando por la autopista que bordea la costa este de Sicilia con el Etna quedando atrás, cada vez más pequeño por el retrovisor. Paramos a media tarde en Catania para estirar las piernas y ver de pasada la Piazza del Duomo, con su fuente del elefante de piedra de lava negra, símbolo de la ciudad, antes de retomar la carretera hacia Siracusa.
Llegamos a Ortigia, el casco antiguo de Siracusa construido sobre una pequeña isla unida a tierra por dos puentes, ya con la luz del atardecer pintando de naranja la piedra caliza de las fachadas. Nos alojamos en un hotel pequeño con terraza junto al mercado de Ortigia, y la primera cena en la ciudad fue en una terraza frente al puerto grande, con un plato de spaghetti ai ricci di mare (espaguetis con erizo de mar) que, para sorpresa de Rubén, que no las tenía todas consigo con el erizo, terminó pidiendo repetir.
Día 6 — Siracusa: templos griegos y el mercado de Ortigia
Dedicamos la mañana al Parco Archeologico della Neapolis, a las afueras de Ortigia, donde se concentran los restos más impresionantes de la Siracusa griega: el Teatro Greco, excavado directamente en la roca en el siglo V a.C. y todavía hoy usado para representaciones en temporada, y el Orecchio di Dionisio, una cavidad artificial con una acústica tan particular que, según cuenta la leyenda, el tirano Dionisio la usaba para escuchar las conversaciones de los prisioneros encerrados dentro. Fuimos a primera hora, porque a mediodía la piedra del yacimiento, sin apenas sombra, se calienta de una forma que en septiembre sigue siendo considerable.
Comimos en el mercado de Ortigia, que por las mañanas se llena de puestos de pescado recién llegado, verduras locales y quesos de la zona — Elena, que no se pierde un mercado, se llevó un trozo de ricotta ahumada que terminamos compartiendo esa misma tarde en el apartamento. Por la tarde paseamos por el casco antiguo de Ortigia: la Piazza Duomo, con la catedral construida literalmente sobre un templo griego a Atenea cuyas columnas dóricas originales todavía se ven integradas en el muro exterior, y la Fonte Aretusa, un manantial de agua dulce junto al mar que, según el mito, era la ninfa Aretusa convertida en fuente para escapar del dios Alfeo.
La última cena del viaje la hicimos sin prisa, en una trattoria cerca del puerto pequeño, pidiendo entre los cuatro casi toda la carta: caponata (berenjena, apio y aceitunas en un agridulce que resume Sicilia entera), involtini de pez espada y, para cerrar, un cannolo más —el quinto o sexto de la semana, ya habíamos perdido la cuenta— con un Marsala dulce que Rubén insistió en pedir "solo para probar" y que acabó pidiendo dos veces.
La logística: el coche, la carretera y cuándo ir
Movernos en coche de alquiler fue, sin duda, la decisión correcta para esta ruta. Sicilia tiene buena red de autopistas entre las ciudades grandes, pero el transporte público entre Palermo, la zona del Etna y Siracusa es lento e indirecto, con combinaciones de tren y autobús que habrían triplicado el tiempo de trayecto. Recogimos el coche en el aeropuerto de Palermo y lo devolvimos en el aeropuerto de Catania, a veinte minutos de Siracusa, lo que nos permitió cerrar el círculo sin tener que volver sobre nuestros pasos.
Un aviso que vale para cualquier época del año: conducir en el centro de las ciudades sicilianas —especialmente en Palermo y Catania— puede ser una experiencia intensa, con tráfico denso y una forma de conducir que a quien no esté acostumbrado le puede resultar estresante. Aparcar fuera del centro histórico y moverse a pie una vez dentro, como hicimos en Palermo y en Ortigia, simplifica mucho las cosas. Las zonas de tráfico limitado (ZTL) del centro de varias ciudades sicilianas, incluida Palermo, están vigiladas por cámaras: comprueba siempre las restricciones antes de entrar con el coche en el casco histórico, porque una multa por ZTL puede llegar meses después a casa.
Sobre la época: septiembre es, para nuestro gusto, el mejor mes para esta ruta. El calor del verano ya ha bajado de los extremos de julio y agosto, el mar sigue lo bastante cálido para bañarse sin pensarlo, las playas y los yacimientos arqueológicos tienen mucha menos gente, y en las laderas del Etna coincide con el arranque de la vendimia, que es parte del espectáculo si pasas por allí. Mayo y junio son la otra buena ventana, con la ventaja añadida de los campos todavía verdes.
Preguntas frecuentes
- ¿Es necesario alquilar un coche para recorrer Sicilia?
- Para una ruta que combina Palermo, la zona del Etna y Siracusa, sí: el transporte público entre esas tres zonas es lento y con pocas combinaciones directas. El coche permite encadenar las paradas con libertad y parar en pueblos de paso como Cefalú. Dentro de las ciudades, especialmente en Palermo y Catania, es mejor aparcar fuera del centro histórico y moverse a pie.
- ¿Cuál es la mejor época del año para visitar Sicilia?
- Septiembre es un gran equilibrio: el calor extremo del verano ya ha bajado, el mar sigue templado para bañarse y hay mucha menos gente en playas y yacimientos arqueológicos que en julio o agosto. Mayo y junio son la otra ventana recomendable, con los paisajes todavía verdes. En pleno verano el calor en el interior y en zonas sin sombra como los yacimientos griegos puede ser intenso a mediodía.
- ¿Se puede subir al Etna sin experiencia en montaña?
- Sí, hay rutas accesibles desde el Rifugio Sapienza, en la ladera sur, que no requieren equipo técnico ni experiencia previa, como el paseo alrededor de los cráteres Silvestri. Para subir más arriba, hacia la zona de los cráteres centrales, se recomienda ir con guía. El Etna es un volcán activo, así que conviene comprobar siempre el estado de acceso antes de subir, ya que algunas zonas altas se cierran temporalmente según la actividad del momento.
- ¿Qué distancia hay entre Palermo, Taormina y Siracusa?
- De Palermo a la zona de Taormina son unas tres horas de coche por autopista (con Cefalú como parada intermedia recomendable). De Taormina a Siracusa son algo más de dos horas, pasando cerca de Catania. Hacer el círculo completo con un vuelo de entrada por Palermo y salida por Catania, muy cerca de Siracusa, evita repetir trayecto.
- ¿Cuánto cuesta un viaje de 7 días por Sicilia para un grupo de amigos?
- Ronda los 2.200–2.800 € para cuatro personas, incluyendo vuelos, el alquiler de coche durante toda la semana, alojamiento en las tres paradas, la excursión al Etna con cata de vino y las comidas. El alojamiento y el coche se abaratan mucho al repartirse entre cuatro; el gasto en comida sube si, como nosotros, no se deja pasar ningún mercado ni terraza con vistas.
Coste del viaje, desglosado
Vuelo Madrid–Palermo / Catania–Madrid (open-jaw, 4 adultos) Entrada por Palermo, salida por Catania, sin repetir trayecto | 680 € |
Apartamento en Palermo (3 noches) Piso de dos habitaciones cerca del Teatro Massimo | 330 € |
B&B en Giardini Naxos / Taormina (2 noches) Alojamiento con terraza y vistas al golfo, cerca del Etna | 260 € |
Hotel en Ortigia, Siracusa (1 noche) Hotel pequeño junto al mercado del casco antiguo | 150 € |
Alquiler de coche (7 días) Coche mediano, recogida en Palermo y devolución en Catania | 260 € |
Excursión al Etna con cata de vino Media jornada guiada a los cráteres Silvestri + cata en bodega | 280 € |
Comidas (4 personas, 7 días) Street food en Palermo, trattorias, mercados y cenas con vistas | 700 € |
Seguro de viaje 4 personas, cancelación y asistencia en el extranjero | 60 € |
| Total estimado (4 adultos) | 2.200 – 2.800 € |
Precios orientativos para septiembre. El coche y el alojamiento se abaratan mucho al repartirse entre cuatro; vuelos y excursión al Etna varían según fechas y disponibilidad.
Reservas del viaje
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- Ver →Tours y entradas en SiracusaParco Archeologico della Neapolis: Teatro Greco y Orecchio di Dionisio · GetYourGuide
- Ver →Seguro de viaje4 personas, cancelación y asistencia en el extranjero · EKTA
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¿Dónde dormir?
B&B con terraza en Giardini Naxos
La base perfecta para la jornada del Etna y para subir a Taormina sin cargar con el coche por las cuestas del pueblo: terraza con vistas al golfo, a pocos minutos a pie de la playa y a cuarenta minutos del Rifugio Sapienza.
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Volvimos a Zaragoza con la maleta llena de vino del Etna, el móvil de Dani lleno de fotos del Teatro Griego de Taormina y una lista ya empezada de lo que nos dejamos para la próxima vez — Agrigento y el Valle de los Templos se quedaron fuera por falta de días, y los cuatro coincidimos en que habrá una segunda vuelta. Siete días dan para un primer contacto muy completo con Sicilia: la vida de mercado de Palermo, el vino y los paisajes de lava del Etna, y la historia griega de Siracusa, todo enlazado por una carretera que en septiembre se disfruta sin agobios.
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